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La geopolítica de los minerales críticos redefine el rol estratégico de Latinoamérica

Fred Camus Yeomans, Ingeniero Civil de Minas de la U. de La Serena y máster en Gestión y Dirección de Proyectos de la Universidad de Barcelona, analiza la importancia de los materiales críticos.

La nueva geopolítica no se juega en fronteras ni en tratados. Se juega en materiales. Litio, cobre, níquel, grafito, tierras raras: son las nuevas piezas clave de poder del siglo XXI. No porque sean valiosos en sí mismos, sino porque habilitan algo más trascendental: la transición energética, la digitalización global, la autonomía tecnológica y la movilidad eléctrica. En este nuevo tablero, quien controla los flujos de minerales críticos no solo produce riqueza, sino dependencia. Y en esa dependencia reside el poder.

Fred Camus Yeomans

Latinoamérica se encuentra en el corazón de esta transformación. La región concentra entre el 50% y el 60% de las reservas globales conocidas de litio, más del 40% del cobre y volúmenes crecientes de níquel, tierras raras, manganeso y grafito. Argentina, Bolivia y Chile conforman el Triángulo del Litio, mientras que Perú, Brasil y México aportan cobre, zinc y tierras raras en volúmenes estratégicos. Esta dotación geológica convierte a la región en una pieza central en la nueva competencia global por minerales estratégicos. Pero tener el recurso no garantiza poder. El verdadero poder está en la capacidad de transformar ese potencial en proyectos viables, trazables y ejecutables con velocidad, legitimidad y estándares internacionales.

La geopolítica de los minerales críticos como nuevo eje de poder

Hoy, la lógica del mercado ha sido desplazada por la lógica de seguridad y autonomía. Europa, Estados Unidos e India han iniciado procesos para reducir su dependencia de China, que concentra más del 90% del procesamiento de tierras raras y más del 60% del litio refinado. Esta asimetría encendió una carrera global por diversificar cadenas de suministro y asegurar acceso estable a insumos estratégicos. Pero esa carrera no premia solo la riqueza mineral, sino la capacidad institucional para extraer, procesar y exportar bajo normas estrictas de trazabilidad, gobernanza y cumplimiento ambiental.

América Latina no parte de cero. Tiene una cartera activa de más de 80 proyectos de litio y se espera que aporte cerca del 45% del crecimiento global de producción de cobre al 2035. Sin embargo, el promedio de maduración de un proyecto minero en la región supera los 15 años. En mercados competidores como Canadá o Australia, ese ciclo toma entre 6 y 8 años. Esa diferencia temporal representa una desventaja estructural en un contexto donde la velocidad de respuesta define la relevancia geopolítica.

Velocidad institucional y brechas estructurales

Las trabas no son geológicas. Son institucionales, sociales, tecnológicas y financieras. Los marcos regulatorios fragmentados, las demoras en permisos y la superposición de competencias generan incertidumbre para los inversionistas. A ello se suma una creciente exigencia de legitimidad territorial. Proyectos paralizados por conflictos comunitarios, pasivos ambientales sin resolver y desconfianza institucional demuestran que sin licencia social no hay avance sostenible. Por otro lado, menos del 30% de los nuevos proyectos integra tecnologías de trazabilidad, eficiencia hídrica o monitoreo ambiental desde su fase de diseño. Esta brecha tecnológica deja fuera del juego a muchas iniciativas que, aún siendo atractivas en reservas, no cumplen con las exigencias del capital internacional.

Capital, gobernanza y nuevos criterios de inversión

Además, los criterios de inversión también han cambiado. Los fondos soberanos, bancos multilaterales e inversionistas institucionales priorizan gobernanza clara, cumplimiento ESG verificable y seguridad jurídica. Hoy, el capital ya no fluye al país que tiene litio, sino al que puede demostrar que lo convertirá en producto terminado con garantías regulatorias y sociales. Esa es la nueva geografía financiera.

No resolver estos cuellos no es solo un riesgo económico. Es una pérdida estratégica. Mientras tanto, otras regiones como África, el sudeste asiático y Oceanía ya capturan inversión gracias a una combinación de velocidad institucional, apoyo público y alianzas tecnológicas. Tener litio sin capacidad de procesamiento es como haber tenido petróleo sin refinerías en los años setenta: un símbolo de oportunidad perdida.

Y sin embargo, la oportunidad sigue abierta. La demanda global necesitará cuatro veces más minerales críticos al 2040 que en 2020. El litio deberá crecer 700%, el grafito 500% y el cobre 300%. Esta no es una predicción futura, sino una urgencia presente. La verdadera carrera no está en descubrir nuevos yacimientos, sino en convertir los existentes en operaciones concretas, con procesos robustos, trazabilidad verificable y relaciones territoriales sostenibles. Y la clave para cumplir esa promesa la promesa de rentabilidad, bancabilidad y aceleración real de la cartera está en cómo se formulan los proyectos desde el inicio.

Tecnología, trazabilidad y formulación de proyectos

Las tecnologías disponibles hoy permiten construir esa solidez desde la etapa de formulación. Plataformas digitales de ventanilla única pueden reducir drásticamente los tiempos de tramitación y aumentar la transparencia regulatoria. Herramientas de trazabilidad blockchain permiten garantizar el cumplimiento normativo y reputacional desde el origen del mineral. Sistemas de monitoreo satelital y analítica predictiva ayudan a anticipar tensiones socioambientales y a diseñar estrategias de prevención temprana. Startups regionales están desarrollando tecnologías de extracción directa con menor huella hídrica, así como mecanismos digitales de participación ciudadana que fortalecen la legitimidad territorial del proyecto.

Estas soluciones no deben entenderse como agregados en etapas tardías. Deben ser la base del modelo de negocio desde su concepción. Porque en este nuevo ciclo, un proyecto que no incorpora eficiencia tecnológica, gobernanza inteligente y licencia social desde el diseño, es un proyecto que no pasará el filtro del capital. No basta con tener mineral. Hay que demostrar, desde el primer documento técnico, que puede convertirse en una inversión segura, trazable y alineada con los estándares del nuevo orden global. Entonces, ¿qué define el rol de Latinoamérica en el nuevo orden? No será la riqueza del subsuelo, sino la capacidad de ejecución en superficie. No bastará con estar en el mapa de reservas. Habrá que estar en el mapa de soluciones. Y eso exige una transformación profunda en cómo se concibe, planifica y ejecuta la minería en la región.

Una oportunidad abierta, pero con tiempo limitado

El tiempo es limitado. La oportunidad es concreta, pero no permanente. Esta vez, no bastará con tener el recurso. Se medirá quién lo transforma, quién lo ejecuta y quién lo hace con estándares que respondan a un mundo más exigente. El siglo XXI no premia a quien más tiene, sino a quien más rápido se adapta. Y en esta carrera, Latinoamérica aún está a tiempo. Pero no lo estará por mucho.